En esta oscuridad salada me agito y presiono las paredes. Abro los ojos y busco mis manitas arrugadas. El golpeteo furioso que me sacude se mezcla ahora con la ópera. Solo soy un feto y ya presiento que no me conviene abandonar este lugar. Mamá no entiende que necesito dormir, y sube el volumen para que me engulla Don Giovanni. No sé cómo avisarla de mi malestar. Si doy patadas, interpreta que la música me interesa.  «¡Se mueve!» dice con el deseo de tener un hijo sano. Estoy agotado. No quiero ni pensar que hará conmigo cuando me convierta en un niño.

A papá le gusta leerme un cuento, siempre el mismo. Me pregunto si ahí fuera no habrá más historias. Alguien debería avisar a los cabritillos de que la pata cubierta de harina es del lobo. Después de la lectura me hago el dormido.

Todavía no sé quién toca el trombón. Suena como si arrojaran piedras sobre mis oídos. Me produce hipo y empiezo a dar volteretas hasta que se emborronan las sombras azules de las libélulas.

Mamá pasa mucho tiempo en la bañera. Cuando estamos allí, sueño con nadar en un mar templado donde solo se escuche el vaivén de las olas.

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