La buena suerte

La conexión de los dos cables hizo saltar la pequeña chispa que le devolvió la vida al motor. El suave ronroneo alertó a Isabel. Se asomó a la ventana. Probablemente sus gritos despertaron a Claudia. ¿Qué pensaría mi hija? Miraría a su perrito para explicarle que papá volvería después. Se acabó. Me voy. Eso fue lo que pensé mientras me despedía en silencio de aquella familia construida con retales.

El amanecer me sonreía. Los colores anaranjados empezaban a mostrarme una realidad distinta. Ellas estarían bien. Me había encargado de rellenar el bolso de Isabel con el dinero suficiente para que pudieran vivir durante una buena temporada. Era mejor así. Yo no habría soportado ver como ella se alejaba de mí. Continué rodando hasta el final de aquella carretera solitaria. Los baches del asfalto me recordaban los errores del pasado.  Tenía que empezar en un lugar donde nadie supiera nada sobre mí. Merezco esa vida que hasta ahora me ha sido negada. Algún día aparcaré mi coche en la puerta de mi propia casa.

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