Louis vivía bajo el puente del Arzobispado de París. Se despertaba al amanecer, cuando el cielo anaranjado se fundía con las últimas hebras de la noche. Aunque era un vagabundo tenía un aire alegre. Nunca le faltó un cruasán caliente, alguna pitaya dulce con su cáscara rosada o un poco de coñac para el frío.

 Las campanas de Notre Dame marcaban el ritmo de su vida. Todos los días eran parecidos. Louis ayudaba en las mudanzas, paseaba perros y volvía cada noche a su rincón. Una mañana se acercó a él un joven ataviado con un traje de Yves Saint Laurent y le entregó un puñado de billetes nuevos que sumaban 2.000 euros.

A partir de ese momento algo cambió. Louis acariciaba el dinero y lo escondía bajo su ropa. Al cabo de un rato, aquellos papeles verdes y morados le rascaban la piel como una lija y tenía que cubrirlos con una manta raída. Dejó de dormir, necesitaba vigilar aquel tesoro. El dinero saltaba de sus bolsillos en los momentos más inesperados. Cualquiera podía robárselo. Ya no disfrutaba del bullicio del barrio, ni del sabor de los cruasanes recién horneados. Adelgazó, le salieron ojeras y su gesto se volvió agrio. Quiso entonces entregar aquel regalo a alguien que lo necesitara, pero pensó que si a él le había acarreado tanta infelicidad podía hacer lo mismo con otros.

Era de noche cuando Louis sacó el mechero y empezó a quemar los billetes uno a uno. Las cenizas volaron como langostas hasta posarse en la tranquila superficie del Sena.