Historias de un huérfano.

Año 1984

5 de febrero

 Sigo escribiendo estas páginas que me trastornan. Hoy no encajan en ningún lugar las palabras que sacuden mi cabeza. Mi hermano, ajeno a mi desazón, no para de hablar haciendo gestos con las manos. Yuri, su gato siberiano, se ha confabulado con él y da saltos sobre mi mesa estampando la huella de sus garras en mis papeles.

8 de febrero

Mi editor se parece al abejorro que golpea el cristal con la firmeza de que puede atravesarlo. Insiste en que tengo que atender a mis lectores. Pero el éxito para mí es pasarme las horas rascando con mi pluma las hojas que escribo, sin pensar en esa gente ansiosa de conocer los detalles de mi vida.

9 de febrero

Aunque me duele la cabeza, hoy estoy muy animado. Mi hermano ha salido temprano y, por fin, estaré exento de su charla. Tengo que escribir hasta que se escurra la última gota de luz en la ventana. Avanzo despacio. He quemado dos páginas enteras, y el humo me ha recordado el olor de los muebles de la casa de mi tía. 

13 de febrero 

Ayer murió Julio Cortázar. Cada vez que alguien muere me parece que en el puzle de mi vida hay una pieza que se cae dejando un hueco. Puede que el agujero quede abierto, y por eso los muertos regresan y hablan conmigo a través de mis sueños.

15 de febrero

Yuri se ha extendido junto a la chimenea aprovechando el único resquicio que el sol dibujaba sobre el suelo de madera. Mi tía me enseñó a encender la lumbre cuando los inviernos congelaban sus manos en el río. Yo entonces era un muchacho que hostigaba con la rama de un olivo a las arañas que bailaban en sus redes cubiertas de rocío. El agua olía a espuma de jabón y, mientras mi tía lavaba, yo tiraba piedras en el río. A veces me escondía entre los juncos para observar la pared donde por el día las lagartijas asomaban la cabeza, y por las noches brillaban las luciérnagas. Mi tía interrumpía mi júbilo llamándome para que la ayudara con la carga. Al calor de la hoguera secábamos las sábanas. 

La esperanza

El alguacil entraba en el pueblo cuando yo llegaba de atender el huerto y me detuve para escuchar lo que decía. Jacinto anunció aquel día, que los hombres como yo teníamos que ir a la guerra. Con mis ropas manchadas de tierra abracé a Vicenta y miré su vientre redondo haciendo un esfuerzo para no llorar. Mi mujer oyó la noticia, pero no se quejó. Recogió su melena en un moño, se puso el mandil y comenzó a pelar las patatas mientras me decía que la vida era así. Pensé en huir y refugiarme en el monte, pero ella me convenció de que era mejor aceptar mi destino. Pasé la noche con los ojos abiertos imaginando como sería su vida sin mí.

A partir de ese momento tuve tanto miedo que no hice otra cosa que obedecer. El médico me certificó como apto y desde el camión que nos separaría miré a Vicenta, pero no fui capaz de despedirme de ella. 

Después vinieron los gritos, los disparos, los llantos, los silencios,… y yo me olvidé de mí. Llevaba tanto tiempo disfrazado de soldado que cada vez me costaba más recordar a Vicenta.  Entonces pensaba en el hijo que nunca vería y cerraba los puños con rabia maldiciendo mi suerte. Ella me pidió que aguantara y tuviera paciencia, y me explicó que en mi ausencia su padre la ayudaría a labrar la tierra y a cortar la leña. 

Recorrí los escombros en los que se había convertido España, y me propuse sobrevivir a pesar de tener el olor de la muerte tan cerca. Una noche perdí a dos amigos. Los dejé tirados en medio del barro mientras yo me arrastraba y corría para salvar mi vida. Pero ¿Qué vida?  Yo solo era un muchacho inocente que se había convertido en alguien capaz de matar, para conseguir un pedazo de pan.

Regresé cuando las flores de las jaras blanqueaban el monte. Me acordé de Vicenta. Me temblaban las manos al cortar unos tomillos que asomaban entre la hierba. Durante tres años ella no supo nada de mí y yo no supe nada de ella. Miré las paredes encaladas de nuestra casa. Vicenta estaba sentada en la puerta remendando un vestido. A su alrededor, un niño moreno corría. Me acerqué a mi mujer para darle las flores, y el niño se escondió detrás de la silla. Vicenta me miró, se puso de pie, se acercó y me dio un abrazo. Probablemente entonces pensó que todavía sería capaz de  recomponer mis pedazos.

Fotografía: Foto de Alexas_Fotos

Los caprichos del reloj

 Un palacio envuelto en la efervescencia de las luces, era el salón de la casa de mi infancia. Mi impaciencia extenuaba a mi pobre madre cuando el calendario señalaba diciembre, y yo la perseguía para que me entregara las figuras de cristal que vestían nuestro hogar de navidad. El aire se transformaba en mazapán y, ahora, su aroma se mezcla con todas las viñetas azucaradas de mi pasado. Mi existencia se sostenía en el espejismo que tejían los mayores, cimentando la alfombra donde yo exprimía mi felicidad. De camino a la escuela saboreaba el crujido de las hojas secas de los arces, y sacudía las gotas de agua que patinaban sobre la tela roja de mi paraguas. Unos años después, abandoné la delicadeza de mi alfombra, para pisar el duro suelo del colegio de las monjas. Estudié entre rosarios y ensayos en el coro de la iglesia, acudiendo a las misas, y recelando de los hombres, que escondían al maligno en sus sonrisas. Después, maduré como los limones expuestos al sol en un instituto de pasillos plomizos, donde cada día se paraba mi reloj. Allí, compartiendo las soporíferas tareas, encontré a una compañera que se convirtió en una amiga imprescindible para mí. Descubrí también que la sombra de Luzbel no se ocultaba detrás de cada hombre, y conocí al muchacho moreno que me acompaña desde entonces. En la universidad mi reloj envejeció, y parece insaciable su apetito. No entiendo su inquietud y me fatiga, mientras devora mis días, mis estaciones, mis años y mi vida.

Un legado de papel

Nuestra efímera existencia se vuelve preciosa cuando nos sumergimos en las páginas de los libros. Mi pasión por la lectura comenzó muy pronto. Mi madre, como muchas madres, me contaba cuentos. Esos cuentos que ella relataba de forma rutinaria, dibujaban en mi cabeza las imágenes de bosques encantados y casillos relucientes. Yo todavía no sabía leer cuando me regalaron mi primer libro, pero observé detenidamente sus ilustraciones, y aquella noche vi lobos, brujas y princesas asomándose entre las cortinas de mi habitación. Durante mi infancia tuve la suerte de utilizar en la escuela el llamado Libro de lecturas que yo siempre devoraba en una tarde. Así comencé a saborear los versos de Antonio Machado y los dramas de Lorca. Cuando el envoltorio de mis regalos insinuaba la forma de un libro, yo corría a mi habitación con el corazón acelerado. Tenía once años cuando encontré a la niña que se escondía entre las páginas de Alicia en el País de las Maravillas, me alejé 20.000 leguas de viaje submarino, y saboreé la venganza de El Conde de Montecristo. También descubrí que, en los baúles de mis vecinos, se escondía el Capitán Trueno junto a Asterix y Obélix, Mortadelo y Filemón y El Botones Sacarino, y yo los liberé para que alborotaran mi casa con sus peripecias.

 Más tarde, ante el dilema de pasar el rato junto a mis apuntes emborronados del instituto, o pasear de la mano de Emma en Madame Bobary, acabé sucumbiendo al canto de sirenas de los libros. Viví con emoción los últimos días de Ana Karenina y cada noche me sumergía en los estremecedores relatos de Edgar Allan Poe, hasta que las agujas del reloj me aconsejaban que volviera a la realidad.

 En mi adolescencia me empapé con los colores de Alfanhuí, recibí una lección de supervivencia con El Lazarillo de Tormes, y me estrellé con la realidad de Las Ratas, El Túnel, El Señor de las moscas y El árbol de la ciencia. Mi romanticismo cobró alas con el candor de Las Rimas y Leyendas, y descubrí lo esencial, en la simplicidad de El Principito. Poco después encontré la culpa en Crimen y Castigo, la ironía en Orgullo y Prejuicio, la libertad en Rayuela, la decadencia en Cien años de Soledad, la imaginación en Eva Luna, la intriga en El nombre de la Rosa, y la poesía visual de Vicente Aleixandre.

En la Universidad, conocí las hazañas de los héroes de Homero en La Ilíada y La Odisea, y contemplé de cerca La Guerra de las Galias.

Entendí el amor a través de La Vieja Sirena, encontré El jardín olvidado, compartí los motivos de La ladrona de Libros, y me emocioné con El mundo y sus demonios. Los libros tienen poder, nos condicionan, nos cambian. Mi apego a la Historia, comenzó con las andanzas de Sinuhé el egipcio.

Recuerdo que un profesor nos decía que los días del libro estaban contados, antes de conocer que la tecnología irrumpiría con tanta fuerza en nuestras vidas. Por suerte su profecía no se ha cumplido y yo me entusiasmo cada vez que puedo abrir un libro, aspirar su olor y llenarme con las vivencias que contienen sus hojas.