Retazos de Teresa

Aquella que fue la niña de las trenzas rubias y las botas rojas es feliz perdiéndose, de vez en cuando, en esa habitación desordenada que constituye su memoria. De piel delicada y tan manchada que debió de tener algún antepasado entre los dálmatas, tampoco puede presumir de uñas fuertes ni de melena que no se quiebre cuando adquiere cierta longitud. Sus mejillas, rojizas como algunas toronjas, parecen delatar a una borracha que justifica con timidez que ha heredado ese rubor de sus ancestros visigodos. Aplicada y obediente recuerda con nostalgia aquellos días rebeldes de su adolescencia, que tanto desconcertaban a su padre. Nunca dirá que no a un buen chocolate, y si la agasajas con pasteles, es probable que te ofrezca amor eterno. Lo celebra todo, te empuja, te convence y siempre encuentra motivos para organizar alguna fiesta. Le encanta aprender y se embelesa escuchando a los que saben. Le gusta la gente pacífica y los buenos modales, pero, a los que cometen injusticias, les dedicaría con gusto la mirada de Medusa. Vive con un hombre en el que encontró el humor, y tiene dos hijos que le enseñan cosas nuevas cada día. Llora en la ópera, pero también puede llorar con un anuncio de McDonald’s. Se pierde leyendo y escribiendo, e intenta recuperar el tiempo en ese piano que soñaba de pequeña. Dice encontrar a Dios entre las flores y también entre los gatos y en los bosques. Siempre anda anotando títulos de libros y, pensando en todo lo que le queda por hacer, calcula que tendrá que vivir quinientos años.

La joven diosa

Yo, que fui condenada a traer la vida en la oscuridad, vestí tu desnudez con una túnica tan blanca y delicada como la propia finura de tu piel. Una tormenta de agua palpitaba sobre mi cabeza cuando después de nueve días y nueve noches pude mostrarte ante los otros dioses. Te llamé Artemisa y te deslizabas con elegancia sobre la laguna como la luna llena que tiritaba sobre la superficie negruzca de aquel pozo de sueños que fue tu infancia. Yo quería que disfrutaras del amor, pero tu naturaleza te hizo refugiarte en un baluarte inexplorable para los hombres. Yo sufría cada vez que te veía rodeada de aquellos animales, y con esas flechas capaces de atravesarme de dolor. La desesperanza me volvió tan ciega que no pude apreciar que tú eras la semilla de la vida. Yo quería que fueras Afrodita, con su densa melena y esa tibieza en los labios que aprisiona las almas que la miran. Fui una insensata al soñar que te merecías otra vida. Solo cuando entendí que languidecías entre las piedras, sentí la empatía. Cuando fui capaz de vestirme con tus pieles, comprendí que nunca sobrevirarías en un lugar alejado de esa energía que desprendes cuando estás rodeada de animales, de árboles, de plantas y de vida.

La memoria de Araminta

Querida Josephine:

Antes de enviarte esta carta, he alisado las arrugas del papel y le he pedido a David que se ponga a escribir. Todo parece haber acontecido en una época tan lejana…, pero nunca olvidaré tu risa, ni el olor de tus vestidos, ni el frescor de la hierba, ni el sonido del río. Temblaba de miedo el día en que murieron mis padres, y tú me sacaste de aquel agujero para llevarme contigo. Después, tu madre ordenó que me bañaran y me frotaron tan fuerte que yo pensé que me habrían borrado el color. Pero, en la escuela, el muchacho de la voz aflautada me llamó garrapata y me empujó. Entonces creí que la negrura que yo tenía por dentro se veía a través de mi piel. Sé que me sentaban en una mesa apartada porque oía al maestro y también a los niños, pero me llegaba distante su olor. Debía de ser horrible para que todos me trataran así. Pero tú me querías. Noté que llorabas el día en que encontraste a John azotándome con aquello que silbaba mientras yo gritaba de dolor. Tu hermano David ya entonces andaba por los tejados para hablar conmigo. Solía reírse de todo y cantaba tan bien… Ya sé que tu padre me odia y que tú lo odias a él. Pero, ¿Quién querría que su primogénito se fuera con una muchacha negra, ciega, pobre y huérfana? Os oí discutir. Probablemente nos defendías mientras David me ayudaba a subir al caballo para llevarme lejos de allí. Hace seis días que nació nuestro hijo. Tu hermano dice que se parece a ti, y yo espero que sea como tú. Atrapa los dedos con su manita pequeña, y es tan suave como aquella chaqueta de angora que guardabas en el segundo cajón. David canta, aporrea el piano y se gana la vida en el bar. Nunca se emborracha. Tu padre tenía razón, hubiera sido un buen militar. Pienso mucho en ti. Me duermo recordando el sonido del cepillo deslizándose en tu pelo, y siempre te imagino feliz asistiendo a todos los bailes con esos zapatos de color corinto que yo nunca vi. Tu hermano te entregará esta carta cuando tu padre se retire a dormir. No te asustes. Entrará por la ventana como un gato. Espero que pronto volvamos a encontrarnos. 

Te echo de menos,

Araminta

Diario de un confinamiento

Venice streets are empty

Lunes 23 de marzo. Son las nueve de la mañana y otra vez he soñado con el viento. Siempre me han gustado las tormentas. Cuando era pequeño miraba el horizonte iluminado y sonreía cuando el vendaval agitaba las llamas de las velas. Tardaba en dormirme y al abrir los ojos me decepcionaba la inesperada claridad del día. Siempre me han gustado las tormentas, pero esta ya empieza a resquebrajarme el alma.

Martes 24 de marzo. Son las cinco de la tarde. Las paredes del salón se encogen y en la ventana se agranda la sombra vertical de una paloma. He visto que se han multiplicado los contagios y el miedo ha comenzado a patearme con su danza. Llueve en mis ojos. No puedo hacer nada. Miro otra vez nuestra sentencia en forma de algoritmos. Las gráficas que dibujan los colores morados, verdes, rojos y amarillos nos arrojan los muertos a la cara.

Miércoles 25 de marzo. Me avisan temprano. Se nos ha ido la tía Virginia. Se ha muerto sola. No querían que le lleváramos el virus. Recuerdo sus ojos de pájaro y sus gafas… y también su sonrisa cuando yo metía la nariz en aquellas tartas que rellenaba con chocolate y mermelada.

Jueves 26 de marzo. A las diez es el entierro de Virginia. Le he dicho a mi primo que no voy. A ella le gustaba la soledad y la vida ha llevado al extremo su deseo. Ni el cura se atrevería a salir de casa. Nadie va a recitar un responso bajo la lluvia en ese triste cementerio.  Ahora entiendo a Bécquer: “¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!”

Viernes 27 de marzo. Son las doce de la noche. Intento dormir pensando en las salinas, en las olas, en la arena. Todo me parece tan lejano… Dicen que el aire ahora es más puro y que hay peces en los canales de Venecia, y también dicen que la tierra empieza a recuperarse mientras nosotros enfermamos. Cierro los ojos y me hago pequeño como una mota de polvo olvidada en el viento.

De espaldas a la vida

El caminante sobre el mar de nubes. Óleo sobre lienzo. Caspar David Friedrich. Año 1818

Como un ser inmortal, la silueta del hombre rubio de espaldas, se alza sobre la cima de las montañas más altas sin una sola mota de polvo en sus zapatos, y con el pantalón y la levita tan estirados como si estuviera en la vieja biblioteca de su casa. Desde las rocas más oscuras contempla el horizonte de brumas blanquecinas y montañas que parecen de ceniza, en un paisaje inerte donde solo algunos árboles sobreviven en la aspereza de las piedras envueltas por la niebla. Las nubes rasgadas, blancas y amarillas matizan un cielo pálido que derrama su azul sobre las cimas teñidas por la luz de un sol que no se ve. 

Tal vez contempla el esplendor de la creación mientras se pregunta qué ha pasado para que los hombres no se deslumbren ante el magnífico milagro de la vida. Probablemente esté molesto con aquellos que en lugar de deleitarse ante el misterio, se convierten en depredadores la tierra. Quizás se apoya en su bastón cansado de esa especie ingrata que lucha por alcanzar un paraíso que no ve, aunque se extienda infinito delante de sus pies.

Un ramillete azul

La lechera de Johannes Vermeer 1660

No le tembló la mano cuando preparó aquel postre. Cada día elaboraba con delicadeza el bizcocho favorito del señor. Mientras sujetaba el cántaro de barro y vertía la leche, pensaba en el día de su llegada, cuando se perdió en el laberinto de pasillos oscuros de la casa, y en las rozaduras que le provocaban las costuras de las mangas. Aquel vestido amarillento y desgastado era lo único que le quedaba. Mientras aderezaba la masa, pensó en que los pedazos de pan que reposaban en la mesa desprendían el mismo aroma que los granos que molía de pequeña en la casa de su abuela. Por la ventana se colaba el reflejo blanquecino de la nieve, y ella fue consciente de que no volvería a sentir el frío pegajoso de aquella piel marchita ninguna noche más. Dejaría de ser un ángel condenado a la oscuridad. En aquella inocente cesta de mimbre había guardado las flores venenosas después de secarlas con el humo del crisol. El intenso color azul de su delantal le recordaría para siempre la finura de sus pétalos. Aquel demonio que se había enriquecido con la venta de los quesos no se acercaría a ella nunca más. El agradable sabor de la masa sazonada con acónito, acompañaría al señor a su final. 

Diario de un huérfano.

Año 1984

5 de febrero

 Sigo escribiendo estas páginas que me trastornan. Hoy no encajan en ningún lugar las palabras que sacuden mi cabeza. Mi hermano, ajeno a mi desazón, no para de hablar haciendo gestos con las manos. Yuri, su gato siberiano, se ha confabulado con él y da saltos sobre mi mesa estampando la huella de sus garras en mis papeles.

8 de febrero

Mi editor se parece al abejorro que golpea el cristal con la firmeza de que puede atravesarlo. Insiste en que tengo que atender a mis lectores. Pero el éxito para mí es pasarme las horas rascando con mi pluma las hojas que escribo, sin pensar en esa gente ansiosa de conocer los detalles de mi vida.

9 de febrero

Aunque me duele la cabeza, hoy estoy muy animado. Mi hermano ha salido temprano y, por fin, estaré exento de su charla. Tengo que escribir hasta que se escurra la última gota de luz en la ventana. Avanzo despacio. He quemado dos páginas enteras, y el humo me ha recordado el olor de los muebles de la casa de mi tía. 

13 de febrero 

Ayer murió Julio Cortázar. Cada vez que alguien muere me parece que en el puzle de mi vida hay una pieza que se cae dejando un hueco. Puede que el agujero quede abierto, y por eso los muertos regresan y hablan conmigo a través de mis sueños.

15 de febrero

Yuri se ha extendido junto a la chimenea aprovechando el único resquicio que el sol dibujaba sobre el suelo de madera. Mi tía me enseñó a encender la lumbre cuando los inviernos congelaban sus manos en el río. Yo entonces era un muchacho que hostigaba con la rama de un olivo a las arañas que bailaban en sus redes cubiertas de rocío. El agua olía a espuma de jabón y, mientras mi tía lavaba, yo tiraba piedras en el río. A veces me escondía entre los juncos para observar la pared donde por el día las lagartijas asomaban la cabeza, y por las noches brillaban las luciérnagas. Mi tía interrumpía mi júbilo llamándome para que la ayudara con la carga. Al calor de la hoguera secábamos las sábanas. 

La esperanza

El alguacil entraba en el pueblo cuando yo llegaba de atender el huerto y me detuve para escuchar lo que decía. Jacinto anunció aquel día, que los hombres como yo teníamos que ir a la guerra. Con mis ropas manchadas de tierra abracé a Vicenta y miré su vientre redondo haciendo un esfuerzo para no llorar. Mi mujer oyó la noticia, pero no se quejó. Recogió su melena en un moño, se puso el mandil y comenzó a pelar las patatas mientras me decía que la vida era así. Pensé en huir y refugiarme en el monte, pero ella me convenció de que era mejor aceptar mi destino. Pasé la noche con los ojos abiertos imaginando como sería su vida sin mí.

A partir de ese momento tuve tanto miedo que no hice otra cosa que obedecer. El médico me certificó como apto y desde el camión que nos separaría miré a Vicenta, pero no fui capaz de despedirme de ella. 

Después vinieron los gritos, los disparos, los llantos, los silencios,… y yo me olvidé de mí. Llevaba tanto tiempo disfrazado de soldado que cada vez me costaba más recordar a Vicenta.  Entonces pensaba en el hijo que nunca vería y cerraba los puños con rabia maldiciendo mi suerte. Ella me pidió que aguantara y tuviera paciencia, y me explicó que en mi ausencia su padre la ayudaría a labrar la tierra y a cortar la leña. 

Recorrí los escombros en los que se había convertido España, y me propuse sobrevivir a pesar de tener el olor de la muerte tan cerca. Una noche perdí a dos amigos. Los dejé tirados en medio del barro mientras yo me arrastraba y corría para salvar mi vida. Pero ¿Qué vida?  Yo solo era un muchacho inocente que se había convertido en alguien capaz de matar, para conseguir un pedazo de pan.

Regresé cuando las flores de las jaras blanqueaban el monte. Me acordé de Vicenta. Me temblaban las manos al cortar unos tomillos que asomaban entre la hierba. Durante tres años ella no supo nada de mí y yo no supe nada de ella. Miré las paredes encaladas de nuestra casa. Vicenta estaba sentada en la puerta remendando un vestido. A su alrededor, un niño moreno corría. Me acerqué a mi mujer para darle las flores, y el niño se escondió detrás de la silla. Vicenta me miró, se puso de pie, se acercó y me dio un abrazo. Probablemente entonces pensó que todavía sería capaz de  recomponer mis pedazos.

Fotografía: Foto de Alexas_Fotos

Los caprichos del reloj

 Un palacio envuelto en la efervescencia de las luces, era el salón de la casa de mi infancia. Mi impaciencia extenuaba a mi pobre madre cuando el calendario señalaba diciembre, y yo la perseguía para que me entregara las figuras de cristal que vestían nuestro hogar de navidad. El aire se transformaba en mazapán y, ahora, su aroma se mezcla con todas las viñetas azucaradas de mi pasado. Mi existencia se sostenía en el espejismo que tejían los mayores, cimentando la alfombra donde yo exprimía mi felicidad. De camino a la escuela saboreaba el crujido de las hojas secas de los arces, y sacudía las gotas de agua que patinaban sobre la tela roja de mi paraguas. Unos años después, abandoné la delicadeza de mi alfombra, para pisar el duro suelo del colegio de las monjas. Estudié entre rosarios y ensayos en el coro de la iglesia, acudiendo a las misas, y recelando de los hombres, que escondían al maligno en sus sonrisas. Después, maduré como los limones expuestos al sol en un instituto de pasillos plomizos, donde cada día se paraba mi reloj. Allí, compartiendo las soporíferas tareas, encontré a una compañera que se convirtió en una amiga imprescindible para mí. Descubrí también que la sombra de Luzbel no se ocultaba detrás de cada hombre, y conocí al muchacho moreno que me acompaña desde entonces. En la universidad mi reloj envejeció, y parece insaciable su apetito. No entiendo su inquietud y me fatiga, mientras devora mis días, mis estaciones, mis años y mi vida.

Un legado de papel

Nuestra efímera existencia se vuelve preciosa cuando nos sumergimos en las páginas de los libros. Mi pasión por la lectura comenzó muy pronto. Mi madre, como muchas madres, me contaba cuentos. Esos cuentos que ella relataba de forma rutinaria, dibujaban en mi cabeza las imágenes de bosques encantados y casillos relucientes. Yo todavía no sabía leer cuando me regalaron mi primer libro, pero observé detenidamente sus ilustraciones, y aquella noche vi lobos, brujas y princesas asomándose entre las cortinas de mi habitación. Durante mi infancia tuve la suerte de utilizar en la escuela el llamado Libro de lecturas que yo siempre devoraba en una tarde. Así comencé a saborear los versos de Antonio Machado y los dramas de Lorca. Cuando el envoltorio de mis regalos insinuaba la forma de un libro, yo corría a mi habitación con el corazón acelerado. Tenía once años cuando encontré a la niña que se escondía entre las páginas de Alicia en el País de las Maravillas, me alejé 20.000 leguas de viaje submarino, y saboreé la venganza de El Conde de Montecristo. También descubrí que, en los baúles de mis vecinos, se escondía el Capitán Trueno junto a Asterix y Obélix, Mortadelo y Filemón y El Botones Sacarino, y yo los liberé para que alborotaran mi casa con sus peripecias.

 Más tarde, ante el dilema de pasar el rato junto a mis apuntes emborronados del instituto, o pasear de la mano de Emma en Madame Bobary, acabé sucumbiendo al canto de sirenas de los libros. Viví con emoción los últimos días de Ana Karenina y cada noche me sumergía en los estremecedores relatos de Edgar Allan Poe, hasta que las agujas del reloj me aconsejaban que volviera a la realidad.

 En mi adolescencia me empapé con los colores de Alfanhuí, recibí una lección de supervivencia con El Lazarillo de Tormes, y me estrellé con la realidad de Las Ratas, El Túnel, El Señor de las moscas y El árbol de la ciencia. Mi romanticismo cobró alas con el candor de Las Rimas y Leyendas, y descubrí lo esencial, en la simplicidad de El Principito. Poco después encontré la culpa en Crimen y Castigo, la ironía en Orgullo y Prejuicio, la libertad en Rayuela, la decadencia en Cien años de Soledad, la imaginación en Eva Luna, la intriga en El nombre de la Rosa, y la poesía visual de Vicente Aleixandre.

En la Universidad, conocí las hazañas de los héroes de Homero en La Ilíada y La Odisea, y contemplé de cerca La Guerra de las Galias.

Entendí el amor a través de La Vieja Sirena, encontré El jardín olvidado, compartí los motivos de La ladrona de Libros, y me emocioné con El mundo y sus demonios. Los libros tienen poder, nos condicionan, nos cambian. Mi apego a la Historia, comenzó con las andanzas de Sinuhé el egipcio.

Recuerdo que un profesor nos decía que los días del libro estaban contados, antes de conocer que la tecnología irrumpiría con tanta fuerza en nuestras vidas. Por suerte su profecía no se ha cumplido y yo me entusiasmo cada vez que puedo abrir un libro, aspirar su olor y llenarme con las vivencias que contienen sus hojas.