La joven diosa

Yo que fui condenada a traer la vida en la oscuridad, vestí tu desnudez con una túnica tan blanca y delicada como la propia finura de tu piel. Una tormenta de agua palpitaba sobre mi cabeza cuando después de nueve días y nueve noches pude mostrarte ante los otros dioses. Te llamé Artemisa y te deslizabas con elegancia sobre la laguna como la luna llena que tiritaba sobre la superficie negruzca de aquel pozo de sueños que fue tu infancia.

Quería que disfrutaras del amor, pero tu naturaleza te hizo refugiarte en un baluarte inexplorable para los hombres. Sufría cada vez que te veía rodeada de aquellos animales, y con esas flechas capaces de atravesarme de dolor.

La desesperanza me volvió tan ciega que no pude apreciar que tú eras la semilla de la vida. Yo quería que fueras Afrodita, con su densa melena y esa tibieza en los labios que aprisiona las almas que la miran. Fui una insensata al soñar que te merecías otra vida. Solo cuando entendí que languidecías entre las piedras, sentí la empatía. Cuando fui capaz de vestirme con tus pieles, comprendí que nunca sobrevivirías en un lugar alejado de esa energía que desprendes cuando estás rodeada de animales, de árboles, de plantas y de vida.

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