Un ramillete azul

La lechera de Johannes Vermeer 1660

No le tembló la mano cuando preparó aquel postre. Cada día elaboraba con delicadeza el bizcocho favorito del señor. Mientras sujetaba el cántaro de barro y vertía la leche, pensaba en el día de su llegada, cuando se perdió en el laberinto de pasillos oscuros de la casa, y en las rozaduras que le provocaban las costuras de las mangas. Aquel vestido amarillento y desgastado era lo único que le quedaba. Mientras aderezaba la masa, pensó en que los pedazos de pan que reposaban en la mesa desprendían el mismo aroma que los granos que molía de pequeña en la casa de su abuela. Por la ventana se colaba el reflejo blanquecino de la nieve, y ella fue consciente de que no volvería a sentir el frío pegajoso de aquella piel marchita ninguna noche más. Dejaría de ser un ángel condenado a la oscuridad. En aquella inocente cesta de mimbre había guardado las flores venenosas después de secarlas con el humo del crisol. El intenso color azul de su delantal le recordaría para siempre la finura de sus pétalos. Aquel demonio que se había enriquecido con la venta de los quesos no se acercaría a ella nunca más. El agradable sabor de la masa sazonada con acónito, acompañaría al señor a su final. 

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