La esperanza

El alguacil entraba en el pueblo cuando yo llegaba de atender el huerto y me detuve para escuchar lo que decía. Jacinto anunció aquel día, que los hombres como yo teníamos que ir a la guerra. Con mis ropas manchadas de tierra abracé a Vicenta y miré su vientre redondo haciendo un esfuerzo para no llorar. Mi mujer oyó la noticia, pero no se quejó. Recogió su melena en un moño, se puso el mandil y comenzó a pelar las patatas mientras me decía que la vida era así. Pensé en huir y refugiarme en el monte, pero ella me convenció de que era mejor aceptar mi destino. Pasé la noche con los ojos abiertos imaginando como sería su vida sin mí.

A partir de ese momento tuve tanto miedo que no hice otra cosa que obedecer. El médico me certificó como apto y desde el camión que nos separaría miré a Vicenta, pero no fui capaz de despedirme de ella. 

Después vinieron los gritos, los disparos, los llantos, los silencios,… y yo me olvidé de mí. Llevaba tanto tiempo disfrazado de soldado que cada vez me costaba más recordar a Vicenta.  Entonces pensaba en el hijo que nunca vería y cerraba los puños con rabia maldiciendo mi suerte. Ella me pidió que aguantara y tuviera paciencia, y me explicó que en mi ausencia su padre la ayudaría a labrar la tierra y a cortar la leña. 

Recorrí los escombros en los que se había convertido España, y me propuse sobrevivir a pesar de tener el olor de la muerte tan cerca. Una noche perdí a dos amigos. Los dejé tirados en medio del barro mientras yo me arrastraba y corría para salvar mi vida. Pero ¿Qué vida?  Yo solo era un muchacho inocente que se había convertido en alguien capaz de matar, para conseguir un pedazo de pan.

Regresé cuando las flores de las jaras blanqueaban el monte. Me acordé de Vicenta. Me temblaban las manos al cortar unos tomillos que asomaban entre la hierba. Durante tres años ella no supo nada de mí y yo no supe nada de ella. Miré las paredes encaladas de nuestra casa. Vicenta estaba sentada en la puerta remendando un vestido. A su alrededor, un niño moreno corría. Me acerqué a mi mujer para darle las flores, y el niño se escondió detrás de la silla. Vicenta me miró, se puso de pie, se acercó y me dio un abrazo. Probablemente entonces pensó que todavía sería capaz de  recomponer mis pedazos.

Fotografía: Foto de Alexas_Fotos

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