Los caprichos del reloj

 Un palacio envuelto en la efervescencia de las luces, era el salón de la casa de mi infancia. Mi impaciencia extenuaba a mi pobre madre cuando el calendario señalaba diciembre, y yo la perseguía para que me entregara las figuras de cristal que vestían nuestro hogar de navidad. El aire se transformaba en mazapán y, ahora, su aroma se mezcla con todas las viñetas azucaradas de mi pasado. Mi existencia se sostenía en el espejismo que tejían los mayores, cimentando la alfombra donde yo exprimía mi felicidad. De camino a la escuela saboreaba el crujido de las hojas secas de los arces, y sacudía las gotas de agua que patinaban sobre la tela roja de mi paraguas. Unos años después, abandoné la delicadeza de mi alfombra, para pisar el duro suelo del colegio de las monjas. Estudié entre rosarios y ensayos en el coro de la iglesia, acudiendo a las misas, y recelando de los hombres, que escondían al maligno en sus sonrisas. Después, maduré como los limones expuestos al sol en un instituto de pasillos plomizos, donde cada día se paraba mi reloj. Allí, compartiendo las soporíferas tareas, encontré a una compañera que se convirtió en una amiga imprescindible para mí. Descubrí también que la sombra de Luzbel no se ocultaba detrás de cada hombre, y conocí al muchacho moreno que me acompaña desde entonces. En la universidad mi reloj envejeció, y parece insaciable su apetito. No entiendo su inquietud y me fatiga, mientras devora mis días, mis estaciones, mis años y mi vida.

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