Un legado de papel

Nuestra efímera existencia se vuelve preciosa cuando nos sumergimos en las páginas de los libros. Mi pasión por la lectura comenzó muy pronto. Mi madre, como muchas madres, me contaba cuentos. Esos cuentos que ella relataba de forma rutinaria, dibujaban en mi cabeza las imágenes de bosques encantados y casillos relucientes. Yo todavía no sabía leer cuando me regalaron mi primer libro, pero observé detenidamente sus ilustraciones, y aquella noche vi lobos, brujas y princesas asomándose entre las cortinas de mi habitación. Durante mi infancia tuve la suerte de utilizar en la escuela el llamado Libro de lecturas que yo siempre devoraba en una tarde. Así comencé a saborear los versos de Antonio Machado y los dramas de Lorca. Cuando el envoltorio de mis regalos insinuaba la forma de un libro, yo corría a mi habitación con el corazón acelerado. Tenía once años cuando encontré a la niña que se escondía entre las páginas de Alicia en el País de las Maravillas, me alejé 20.000 leguas de viaje submarino, y saboreé la venganza de El Conde de Montecristo. También descubrí que, en los baúles de mis vecinos, se escondía el Capitán Trueno junto a Asterix y Obélix, Mortadelo y Filemón y El Botones Sacarino, y yo los liberé para que alborotaran mi casa con sus peripecias.

 Más tarde, ante el dilema de pasar el rato junto a mis apuntes emborronados del instituto, o pasear de la mano de Emma en Madame Bobary, acabé sucumbiendo al canto de sirenas de los libros. Viví con emoción los últimos días de Ana Karenina y cada noche me sumergía en los estremecedores relatos de Edgar Allan Poe, hasta que las agujas del reloj me aconsejaban que volviera a la realidad.

 En mi adolescencia me empapé con los colores de Alfanhuí, recibí una lección de supervivencia con El Lazarillo de Tormes, y me estrellé con la realidad de Las Ratas, El Túnel, El Señor de las moscas y El árbol de la ciencia. Mi romanticismo cobró alas con el candor de Las Rimas y Leyendas, y descubrí lo esencial, en la simplicidad de El Principito. Poco después encontré la culpa en Crimen y Castigo, la ironía en Orgullo y Prejuicio, la libertad en Rayuela, la decadencia en Cien años de Soledad, la imaginación en Eva Luna, la intriga en El nombre de la Rosa, y la poesía visual de Vicente Aleixandre.

En la Universidad, conocí las hazañas de los héroes de Homero en La Ilíada y La Odisea, y contemplé de cerca La Guerra de las Galias.

Entendí el amor a través de La Vieja Sirena, encontré El jardín olvidado, compartí los motivos de La ladrona de Libros, y me emocioné con El mundo y sus demonios. Los libros tienen poder, nos condicionan, nos cambian. Mi apego a la Historia, comenzó con las andanzas de Sinuhé el egipcio.

Recuerdo que un profesor nos decía que los días del libro estaban contados, antes de conocer que la tecnología irrumpiría con tanta fuerza en nuestras vidas. Por suerte su profecía no se ha cumplido y yo me entusiasmo cada vez que puedo abrir un libro, aspirar su olor y llenarme con las vivencias que contienen sus hojas.

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